Aunque por un error de información, algunos Couttolenc consideran que su apellido se originó en Italia a partir del conocido nombre de familia Cottolengo, lo cierto es que fue este el primer país en que se asentaron algunos de nuestros antepasados. Esto se debió a las duras condiciones de vida en el valle que obligaron a muchos pobladores a abandonar sus hogares en busca de mejores oportunidades.

La emigración hacia las cercanas regiones de Italia principió alrededor del año 1689, realizada más tarde, en 1733, por los comerciantes de tejidos de lana: Antoine Couttolenc y sus hijos Joseph y Pierre, provenientes de Saint Pons. Inicialmente, esta pequeña familia sólo mantenía tratos comerciales con las cercanas poblaciones de la frontera, pero sus constantes viajes de Francia a Italia les hicieron optar por radicar definitivamente en las zonas de mayor venta de sus productos, estableciéndose en las provincias de Alba, Asti, Cuneo y Turín, por lo que tuvieron que asentar los cambios de registro en sus nombres y apellido: Antoine, Pietro y Guiseppe Cottolengo.


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¿Por qué tomaron esta decisión tan importante? Bueno, en primer lugar, el consulado de comercio les otorgó la patente para vender tejidos de lana en la ciudad de Bra, y este logro no era para tomarse a la ligera. En segundo lugar, Pierre (Pietro) conoce en esta región a Antonia María Tosetti, con quien se casa en 1734. Joseph (Guiseppe) se enamora de la hermana de su cuñada, Anna Vittoria Tosetti, con quien se casó en 1740. Desafortunadamente, su matrimonio duró poco tiempo, pues Anna Vittoria falleció dejando viudo a Guiseppe Cottolengo sin haber tenido hijos.

         
 

 

Pasaron varios años hasta que, en 1763,  Guiseppe contrajo nuevamente matrimonio con Anna Cristina Almonte. Su descendencia fue muy numerosa, pues tuvieron 7 hijos: Guiseppe Antonio Bernardino, Ignazio Defendente, María Luisa Elizabetta, María Teresa Angélica, Luigi Giacinto Salvatore, María Vittoria Dorotea y María Maddalena.

Guiseppe Antonio Bernardino Cottolengo, el menor de los hijos de Guiseppe y Anna Vittoria, se casó en 1785 con Angela Calerina Benedetta Chiarotti en Savigliano, Piamonte (Italia), en donde forman su familia con 12 hijos: Agostino Ignazio, María Cristina, Ignazio Cipriano, Verecondo Agostino, Luigi Vincenzo, María Teresa, Michele Paolo, Paolo María, Paola María, Ignazio Franco, Paolo André y Guiseppe Benedetto Cottolengo.

Guiseppe Benedetto Cottolengo, el mayor de los 12 hijos de Guiseppe Antonio Bernardino y Angela Calerina Benedetta Chiarotti, nació la tarde del 3 de mayo de 1786 en Bra, Italia.Algunos websites aseguran que desde pequeño mostró un espíritu dedicado a la beneficencia social, puesto que se le podía encontrar midiendo los cuartos de su casa para verificar cuántas camas para enfermos cabrían allí.

 
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Lo cierto es que, debido a las circunstancias provocadas por la revolución francesa, se vio obligado a completar gran parte de sus estudios sacerdotales de manera clandestina. Cottolengo es ordenado sacerdote en junio 8 de 1811. Después fue coadjutor en Corneliano de Alba, en donde celebraba la Misa de las tres de la mañana para que los campesinos pudieran asistir antes de ir a trabajar. Les decía: “La cosecha será mejor con la bendición de Dios”. Obtuvo en Turín un Doctorado en Teología y más adelante se le nombró canónigo; sin embargo, esto no le satisface y se enfrenta con algunas crisis religiosas, ya que siente el fuerte deseo de realizar algo por la comunidad cristiana de escasos recursos.

Su objetivo le fue revelado cuando tuvo que asistir, impotente, a la muerte de Ana María Gonnet, una mujer embarazada y rodeada de sus hijos que lloraban, enferma de un mal misterioso que necesitaba cuidados urgentes, y a la que se le habían negado los auxilios más urgentes en varios hospitales, porque  su embarazo estaba muy avanzado y porque era sumamente pobre. Pese a los esfuerzos del sacerdote para ayudarle a dar a luz en los establos de una posada, la mujer muere entre los brazos de Cottolengo, quien todavía alcanza a darle los últimos sacramentos y a bautizar al bebé en los momentos antes de que también falleciera.  La maternidad sangrienta, la muerte doble y los lamentos desesperados de los cinco huérfanos conmueven el corazón del canónigo, y es entonces que Guiseppe Cottolengo vendió todo lo que tenía, hasta su manto, alquiló un par de piezas y comenzó así su obra bienhechora, ofreciendo albergue gratuito a una anciana paralítica el 17 de enero de 1828, nombrando a esta primera semilla “Volta Rossa”.


 

En poco tiempo este lugar se convierte en un centro de hospitalidad para esas personas que no son aceptadas en los otros hospitales. 1831 se transforma en un año dramático para el trabajo de Cottolengo: debido al estallido del cólera, se recibe un mandato gubernamental en el “Volta Rossa” para ser cerrado, por ser considerado un potencial foco de infección en el corazón de la ciudad. En vez de desanimarse exclamó: "Las hortalizas, para que crezcan más, las trasplantan. Así nos va a suceder a nosotros. Nos trasplantamos y así creceremos más".

Y se fue hacia las afueras de la ciudad, a un barrio alejado llamado Valdocco, y encontró establo vacío, en el que colocó un letrero en la entrada que decía las palabras de San Pablo: “Caritas Christi urget nos!” (La Caridad de Cristo nos anima). De esta manera, la obra de Guiseppe Cottolengo se convierte en lo que más adelante llamaría “La Pequeña Casa de la Divina Providencia”. Poco a poco fue construyendo edificio tras edificio. A uno lo llamó "Casa de la fe". A otro: "Casa de la Esperanza". A un tercero: "Casa de Nuestra Señora". A otro "Belén". Y al conjunto de todo aquello lo llamaba él "Mi Arca de Noé". Allí se recibían toda clase de enfermos incurables. Construyó un edificio para los retrasados mentales, a los cuales llamaba "mis queridos amigos". Otro edificio fue dedicado a los sordomudos y un pabellón para los inválidos. Los huérfanos, los desamparados, los que eran rechazados en los demás hospitales, eran recibidos sin ninguna condición en “la Pequeña Casa de la Divina Providencia”. Un escritor francés exclamó al ver aquello: "Esto es la Universidad de la caridad cristiana".


 
 

 

 

El Padre Cottolengo fundó varias comunidades de hombres y de mujeres para atender al inmenso número de enfermos. Y les repetía: "Hagan alegre y agradable el trato que les dan a los enfermos. Que los que reciben sus favores y atenciones sientan gozo al ser atendidos y nunca se sientan humillados".

La especialidad de este santo fue una confianza absoluta y total en la Divina Providencia, o sea en el cuidado amoroso que la bondad de Dios tiene para nosotros. Su frase favorita era aquella de Cristo Jesús: "Busquen primero el Reino de Dios y su santidad, y todo lo demás les llegará por añadidura". Tenía muy grabada en la memoria aquella famosa promesa de Jesús: "Si tienen fe aunque sea tan pequeñita como un granito de mostaza, le dirán a un monte: quítese de aquí, y láncese al mar, y les obedecerá. No duden de que si va a suceder lo que piden, y lo obtendrán. Cuanto pidan en la oración, crean que ya lo han recibido, y lo conseguirán" (Marcos 11,23).

 
 
 
 

Su fe en la ayuda de Dios era tan grande que exclamaba: "Para mí es más cierto que existe la Divina Providencia, que el que exista la ciudad donde vivo". Y con esa enorme fe conseguía milagros maravillosos. Un gran psicólogo llegó a visitarlo y exclamó: "Este Padre tiene más fe él solo, que todos los demás habitantes de Turín juntos". Un dato curioso del Padre Cottolengo es que nunca llevaba cuentas ni hacía inversiones para asegurarse rentas y ganancias. Gastaba todo lo que le llegaba sin guardar nada para el día siguiente. Un día a mediodía no había con qué dar de almorzar a los enfermos. Entonces reunió a la comunidad y les dijo: - ¿Alguno de Uds. ha guardado algún dinero?-. "Sí, respondió una religiosa. Yo guardé una moneda de oro por si se ofrecía algún gasto después". - Pues esa es la razón por la que no nos llegan ayudas, ¡porque estamos confiando más en el dinero que en Dios!", exclamó el santo, y tomando en sus manos la moneda la lanzó por la ventana. Pocos minutos después llegaron unos carros del ejército, avisando que los batallones se habían ido a hacer ejercicios militares bastante lejos y no habían podido regresar a tomar el almuerzo, y que ahí les traían todo el alimento ya preparado para bastantes centenares de personas. Y alcanzó para todos. Dios no le fallaba a este amigo suyo que tanta fe tenía en sus ayudas oportunas.

No tenía dinero y sin embargo pensaba en ampliar más y más su hospital. Y repetía gozoso: "A la Divina Providencia de Dios le cuesta lo mismo alimentar a 500 que a 5,000". Y la gente decía que La Pequeña Casa de la Divina Providencia era como una pirámide al revés que se apoyaba sobre un único punto: la gran confianza en la bondad de Dios. Y en verdad que el modo de obrar de este santo era totalmente al revés de lo ordinario. Si faltaban las ayudas necesarias mandaba a averiguar si sería que había alguna cama vacía sin enfermos, y encontrándola exclamaba: "Esa es la causa de que no nos estén llegando ayudas. ¡Es que estamos haciendo cálculos y guardando camas sin enfermos!". Le decían: "¡Ya no quedan camas!", y respondía: "Entonces acepten más enfermos". Otro día le informaban: "se acabó el pan y faltan los demás alimentos", y el respondía: "Entonces reciban más pobres". Era admirable la fe ciega que tenía en la Divina Providencia, ya que repetía a sus ayudantes: "Nos podrán fallar las personas, nos fallarán los gobiernos, pero Dios no nos fallará jamás ni siquiera una sola vez". Y añadía: "Dios responde con ayudas ordinarias a los que tienen una confianza ordinaria en él, pero responde con ayudas extraordinarias a los que tienen en él una confianza extraordinaria".

Algunos documentos que hablan de la vida de Guiseppe Cottolengo, aseguran que también hizo milagros, como cuando multiplicó las cerezas para poder darles a todos. Otras veces con una bendición curó enfermos, multiplicó la harina, dio poderes medicinales al agua del pozo. Rechazó ayudas del rey Carlos Alberto afirmando que su obra era sostenida por la Divina Providencia y por nuestra Señora. A los pies de la estatua de nuestra Señora encontró muchas veces las sumas necesarias para pagar a los acreedores. A menudo las cuentas eran saldadas misteriosamente por una bellísima señora. El demonio quiso muchas veces obstaculizar su obra, inclusive apareciéndosele. Cottolengo decía: “No tengan miedo, nuestra Señora está con nosotros nos protege y defiende”.

 
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Sin embargo, la salud comenzó a decaer y ya no tenía la misma fuerza con la que había iniciado. “El asno ya no quiere caminar” comentaba bonachonamente en su lecho de muerte, a sus 56 años. Sus últimas palabras fueron aquellas del salmo 122: "Que alegría cuando me dijeron: vamos a la Casa del Señor". Murió en Chieri, Italia, el sábado 30 de abril de 1842, y lo sepultaron el 1º de mayo. Había salido de “La Pequeña Casa de la Divina Providencia” para dejar el espacio a la nueva guardia. Pero la obra de su amor y de su extraordinaria fe sigue viva y crece según sus directivas. Cottolengo fue beatificado por el papa Benedetto XV en 1917 y, más tarde, canonizado por Pío XI el 19 de marzo de 1934 junto con su gran amigo y vecino San Juan Bosco, y definido por aquél como “un genio del bien”.

Son pocos los datos que se tienen de la descendencia establecida en Italia por los demás miembros del apellido Cottolengo, ya que hasta el momento no hemos logrado contactar con algún portador del mismo; sin embargo, ponemos en este espacio el árbol genealógico que se ha logrado armar para tener mayor conocimiento sobre esta rama proveniente de Saint Pons, Barcelonnette.

 
 

 

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